martes, 19 de febrero de 2013

La hora de Hillary Clinton

Es dueña de una carrera dramática, confundida entre su vida personal

y su trayectoria política.

Recientemente fue ingresada por un trombo en la cabeza que ha superado con éxito.

Esta es la crónica de una ambición por el poder que despega a la sombra de Barack Obama.

Después de haber visitado 112 países y de haber completado 1.528.403 kilómetros en sus cuatro años como secretaria de Estado, los seis kilómetros y medio que recorrió en enero entre sus oficinas en Foggy Botton y el edificio del Capitolio se cuentan entre los más largos de este interminable viaje de Hillary Clinton hacia la historia.
Era uno de sus últimos días en el cargo. Un frío polar anunciaba la primera nevada del año en Washington. Hillary Clinton o Hillary Rodham Clinton, como intentó ser durante sus primeros años de matrimonio, o Hillary a secas, como frecuentemente se le denomina, con la llaneza que se reserva para las mujeres o los políticos extraordinariamente populares, tenía que comparecer ante las comisiones de Asuntos Exteriores del Senado y de la Cámara de Representantes sobre los sucesos del 11 de septiembre de 2012, que costaron la vida en Bengasi al embajador de Estados Unidos en Libia, Christopher Stevens, y otros tres ciudadanos norteamericanos.
Ese episodio es el único borrón de una actuación espléndida al frente de la diplomacia estadounidense y, tan importante como eso, uno de los momentos más dolorosos de sus años de servicio a esta Administración. Stevens era amigo de Clinton. Hombre decidido, capaz, abierto y liberal, representaba la quintaesencia de lo que Clinton considera el diplomático moderno. Su muerte le causó un profundo impacto.
Se trata de una constante en la carrera de esta figura algo dramática: la conjunción reiterada entre sus afectos y sus decisiones, entre su vida personal y su trayectoria política. También en 1993, poco después de llegar a Washington por primera vez como primera dama, tuvo que soportar la muerte por suicidio de su amigo y colaborador Vince Foster en medio de una tormenta política que acabaría de retirarla del primer plano durante bastantes años. Stevens no era, ni mucho menos, tan próximo como Foster, pero igualmente le da una dimensión íntima y trágica al conflicto político desatado en Bengasi.
La cólera de Hillary es uno de los muchos tópicos sobre su leyenda
Por eso, entre otras cosas, llegó Clinton al Congreso el miércoles día 23 especialmente encendida para esta declaración. Fue vestida de verde. Aunque ella, a quien le costó aceptar que la moda formaba inevitablemente parte de su imagen, lamentaría que se reparase en este detalle. Seguramente, un experto le añadiría a ese verde alguna mayor precisión de tonalidad. Pero dejémoslo en verde, color que refleja relajación y paz interior, y que en esta oportunidad servía para resaltar que el percance de salud sufrido durante las Navidades, cuando la secretaria de Estado tuvo que ser ingresada en un hospital por una caída y un posterior trombo en la cabeza, había sido superado con éxito. El abandono temporal de las lentes de contacto y el regreso a las gafas de gruesos cristales son, temporalmente, las únicas secuelas de ese episodio.
“Es un placer verla plena­­mente recuperada y tan combativa como siempre”, le recordó el senador John McCain, uno de tantos rivales políticos y, al mismo tiempo, admirador de Clinton. Fue otro senador republicano presente en esa comparecencia, Ron Johnson, la principal víctima de la rabia contenida por la secretaria de Estado desde que los conservadores quisieron convertir los sucesos de Bengasi en un escándalo con el que arruinar su trayectoria. “Con todo el debido respeto”, le dijo, subiendo la voz y golpeando la mesa con el puño, “el hecho es que tenemos cuatro norteamericanos muertos. Si eso es como consecuencia de una protesta o porque unos cuantos tipos salen una noche de paseo decididos a matar algunos estadounidenses, ¿qué diferencia hay?, ¿qué importa eso en estos momentos?”. Quizá importe, pero ese grito enmudeció la sala y dejó al tal Johnson buscando una respuesta que hasta el día de hoy no ha encontrado.
La cólera de Hillary Clinton es uno de los muchos tópicos de una leyenda nacida desde su primer día en Washington. Al Ala Este de la Casa Blanca, donde reside la familia del presidente, se le denominaba en ese tiempo El territorio de Hillary, como advertencia para no cruzarlo. Incluso en el Ala Oeste, donde están las oficinas, se tenía mucho cuidado de no contradecir a la primera dama. Bill Clinton ofreció en su campaña presidencial a “dos por el precio de uno”, y nadie dudaba de que su principal consejero era su propia esposa.
Por esa razón, en esos primeros años, Hillary Clinton fue el blanco principal de los ataques de la derecha, que la demonizó como nunca antes se había conocido y nunca más se vería hasta Barack Obama. La presión sobre ella, agudizada por el fracaso de su proyecto de reforma sanitaria, llegó a tal grado que uno de los asesores que el presidente contrató para sacarle de los peores momentos de apuro durante su primer mandato, Dick Morris, la calificó como “el mayor lastre de esta presidencia”.
Incluso en el Ala Este de la Casa Blanca se evitaba contradecir a la primera dama
Hillary Clinton se hizo entonces a un lado, se dedicó a asuntos más tradicionales de su posición, la protección de la infancia y la defensa discreta de los derechos de la mujer, y permaneció en segundo plano hasta que su marido volvió a necesitarla, y mucho, por el estallido del escándalo de Monica Lewinsky.
Ella no ha confesado aún qué va hacer a partir de ahora. El día que volvió al trabajo después de su enfermedad tuvo un breve encuentro con los periodistas.
Hillary Clinton, en 1969, durante su etapa de estudiante en el Wellesley College. / Corbis
–¿Lista? ¿De vuelta al ritmo habitual? – le preguntaron.
–De vuelta –contestó.
Si da el paso adelante hacia la presidencia, reaparecerán las ‘Lewinsky’ de su pasado
–¿Dispuesta a terminar este trabajo?
–Sí. Es un poco agridulce, porque ha sido una experiencia extraordinaria y he trabajado con un equipo impresionante. Pero ahora hay que poner fin a esto y dejar las cosas lo mejor posible para que el senador John Kerry (su sucesor) las continúe.
–Y después, ¿el retiro?
Le costó aceptar que la moda
formaba parte de su imagen
–No es esa es la palabra exacta, pero desde luego bajar un poco el acelerador por un tiempo.
Bastó eso para confirmar lo que todo el mundo da por hecho en Washington: que será la candidata a la presidencia por el Partido Demócrata en 2016. Por qué no iba a serlo. Ha demostrado capacidad de sobra y llegará a la fecha de esas elecciones con una edad más que aceptable, 69 años recién cumplidos, los mismos con los que Ronald Reagan fue elegido por primera vez. Sobre todo, no hay un político más popular en este país. Lleva siendo desde hace más de una década uno de los personajes mejor valorados en Estados Unidos, y no hay duda de que es la mujer más famosa y reconocida del mundo. Hace apenas unos días, una encuesta de la CNN le daba un 91% de apoyo entre los demócratas, pero también un 65% entre los independientes y hasta un 37% entre los votantes republicanos. Si las elecciones fueran mañana, Clinton sería con seguridad la nueva presidenta.

 

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