Como una canción inagotable, la fotografía es capaz de refugiarse en
los recuerdos y no abandonarlos nunca. Aunque sean imágenes ajenas y
extrañas. Margaret Bourke-White (1904-1971) ha hecho de sus fotos
parte de la memoria de la humanidad. En 1937 encuentra en Louisville
(Kentucky) una enorme fila de hombres, mujeres y niños afroamericanos
guardando turno para recibir su porción de comida. El fondo de la cadena
humana es una gran valla publicitaria en la que se puede leer en la
parte superior: “El más alto nivel de vida”. Una sonriente familia
blanca viaja con su perro en coche. Hay campo, pradera, sol radiante y
felicidad. Y el afiche se remata con un nuevo lema: “No hay nada como el estilo americano”.
Es el epítome de la Gran Depresión, el fotograma de la angustia que
definió el cataclismo económico de los años veinte y treinta.
Habían
pasado unos pocos años desde que Margaret tuvo la cruel revelación de
los estragos del progreso y las catástrofes naturales sobre la población
más desfavorecida, a los que se asomó gracias a la cámara. La revista “Fortune”
le encargó fotografiar la terrible sequía que asolaba el Medio Oeste de
los Estados Unidos, en 1934. “La sequía fue una poderosa revelación y
me mostró que aquí, en mi propio país, había mundos sobre los cuales apenas sabía nada”, escribió sobre aquel encuentro en su autobiografía “Retrato de mí misma” (1963).
Ante la barbarie
Abandona
la fotografía publicitaria, que tantos beneficios le había reportado, y
“se enfrenta a las contradicciones sociales y al dolor humano”, como
cuenta Oliva María Rubio en el libro “Momentos de la historia”
(La Fábrica), una recopilación de 154 imágenes que resumen una de las
carreras más arriesgadas y atrevidas de la historia del fotoperiodismo.
Aparecen imágenes de su paso por la antigua Unión Soviética,
Checoslovaquia, Alemania, Reino Unido e Italia, durante los años más difíciles y sangrientos para el viejo continente.
Fue precisamente en Buchenwald
donde volvió a imprimir una imagen para el recuerdo colectivo. Decenas
de supervivientes en la liberación del campo de concentración nazi miran
a sus salvadores al otro lado del alambre de espino. Margaret, como
fotógrafa para la revista "Life", acompañaba al Tercer Ejército del General Patton en
su legendaria marcha abriéndose paso por el colapso de Alemania, en la
primavera de 1945. Fue una de las primeras personas en documentar para
el incrédulo público norteamericano la barbaridad de la naturaleza
asesina de los campos.
Ella estaba presente cuando el 11 de abril de aquel año las tropas norteamericanas liberaron Buchenwald,
cuando Patton, ante aquel horror, ordena acercar a un millar de
ciudadanos de las cercanías de Weimar para que sean testigos de las
atrocidades. Margaret retrata el pasmo de quienes decían no saber nada.
No fue la única fotógrafa en presenciarlo, Lee Miller también cubrió el acontecimiento, para la revista “Vogue”.
Medio hostil
“Ambas
fueron una avanzadilla en el camino hacia la liberación de la mujer que
se iniciaría tres décadas después”, apunta Oliva María Rubio al
insistir en la aguerrida mujer que nunca dejó la primera línea de la
guerra ni de la lucha por su libertad y sus derechos. La herencia llega
hasta nuestros días, cuando la fotógrafa documental Cristina García Rodero se convierte en la cuarta numeraria de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, gracias a trabajos como “España oculta”.
De
esta manera, fue la primera extranjera en fotografiar la Unión
Soviética, en 1930; la primera fotógrafa que trabajó para la Fuerza
Aérea de los Estados Unidos, que diseñó para ella el primer uniforme de
una corresponsal de guerra; la única fotógrafo extranjera que
estaba en Moscú durante el bombardeo alemán, el 19 de julio de 1941;
entre los años 1946 y 1948 realiza reportajes sobre los momentos clave
del proceso de independencia de India y Pakistán y allí retrata a Mahatma Gandhi;
y en la década de los cincuenta en Sudáfrica retratando la vida de los
trabajadores en las minas de oro y diamantes de Johannesburgo y Orange
Free State; y en Corea en 1952 donde fotografió la guerra y a las
guerrillas. En su infinito currículo sólo falta la Guerra Civil española, de la que se encargaron antes que ella otras dos fotógrafas ejemplares: Gerda Taro (1910-1937) y Kati Horna (1912-2000).
Margaret Bourke-White retrató a Churchill y a Stalin,
reconoció el dolor en los seres humanos y sólo detuvo su viaje por
culpa del parkinson. “Estaba despertando a la necesidad de explorar y
aprender, descubrir e interpretar. Me di cuenta de que cualquier
fotógrafo que trata de representar a los seres humanos de un modo
penetrante debe poner más corazón y mente en su preparación de la que nunca será mostrada en ninguna fotografía”, escribió la fotoperiodista.
Pero a veces la fotografía, arrastrada por la barbarie humana,
llega a lugares a los que la humanidad es incapaz de volver a transitar
por puro dolor y rechazo. En Corea fue testigo de las mayores
atrocidades. Ella que había presenciado apenas cinco años atrás los
rostros de los supervivientes al holocausto; que apuntaba que “las cámaras no pueden hacerlo todo”,
en una clara reivindicación a las palabras de aquellas personas que
protagonizaban en mudo sus visiones para la posteridad; salió indemne de
una batalla de tres años en la que murieron millones de civiles y
soldados, cerca de 40.000 combatientes norteamericanos, en la que volvió
a cubrir para “Life”
un amplio despliegue del horror, en el que se incluyó uno de los gestos
más inhumanos de todos los que ha guardado la cámara –esa amiga- a cargo de la conciencia del ser humano.
La escena es simple, un miembro de la Policía Nacional de Corea del Sur
levanta la cabeza cercenada de un guerrillero de Corea del Norte,
mientras un compañero la mira con el hacha apoyada en su hombro.
Hay imágenes a las que, también, se les niega el refugio.
FUENTE: EL CONFIDENCIAL

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