miércoles, 23 de abril de 2014

¿El sexo dominante?

Las mujeres arrasan en las aulas y en las oposiciones:a juez, a notario, a abogado el Estado...«Ahí no hay discriminación. Pero, en cuanto empieza la libre designación, las mujeres desaparecen»

 

Una jornada de las oposiciones de Magisterio convocadas el año pasado en Murcia. /Israel Sánchez

La noticia suena tan inusual que, si la leemos rápido, a lo mejor entendemos lo contrario de lo que dice, porque estamos acostumbrados a que las cosas funcionen justo al revés. Las oposiciones a técnico superior de Hacienda de la Comunidad Valenciana primarán a los hombres en caso de empate, en cumplimiento del plan de igualdad regional. Sí, a los hombres, porque en ese colectivo laboral el sexo masculino se considera infrarrepresentado, al ser mujeres más del 60% de las inspectoras. Y no es la primera vez que ocurre: en los últimos cuatro años, ha sido el mecanismo previsto en siete convocatorias de esta comunidad autónoma.

Se trata de una prevención más bien teórica, porque los empates resultan bastante improbables en ese tipo de concursos, pero sirve como llamativo síntoma de una realidad: en ciertos ámbitos académicos y laborales, las mujeres son clara mayoría, hasta el punto de que algunos hablan de la feminización de sectores como la Sanidad o la Justicia. Ese predominio arranca en la universidad: entre los alumnos de nuevo ingreso, las mujeres rebasan el 50% en las carreras del área de Ciencias, están por encima del 60% en las de Artes y Humanidades y en las de Ciencias Sociales y Jurídicas, y superan un aplastante 70% en las de Ciencias de la Salud. Solo en las ingenierías y Arquitectura se mantiene su tradicional inferioridad numérica, en torno al 25% del total.

«Hoy por hoy, salen más mujeres de las universidades y tienen, además, mejores expedientes académicos. Es más, el mercado laboral español se caracteriza por una sobrecualificación de sus trabajadoras», comenta Laura Nuño, directora de la cátedra de Género de la Universidad Rey Juan Carlos. La tendencia registrada en las aulas se mantiene después en las ofertas de empleo público. El profesor Manuel Bagüés, de la universidad finlandesa de Aalto, se ha dedicado a recopilar y desglosar por sexos los resultados de las principales oposiciones celebradas en España entre 2000 y 2011. En sus tablas nos encontramos con que, en ese plazo, eran mujeres el 61% de los nuevos abogados del Estado, el 59% de los economistas del Estado, el 60% de los inspectores de Hacienda, el 54% de los notarios o el 53% de los registradores, profesión que siempre evoca la imagen de un señor encorbatado al estilo de Mariano Rajoy. En la judicatura, el avance se comprueba año tras año: a principios de 2013 había doce juezas más que jueces (los sexos se situaban entonces casi a la par, con 2.524 mujeres frente a 2.512 hombres), pero doce meses después la diferencia se había ampliado ya a 103. Entre los jueces menores de 40 años, solo son varones el 34%.

Dentro del conjunto de la Administración General del Estado, las funcionarias son ya el 51%, y la proporción continúa subiendo: en las oposiciones de 2011 y 2012, el 64% de los aprobados correspondió a mujeres. Pero todas estas cifras pueden empujar a conclusiones apresuradas, triunfalistas y erróneas, como si la desigualdad fuese un recuerdo de un pasado más feo, de un tiempo ya superado. «Los sistemas de mérito no desestiman a las mujeres –comenta Laura Nuño–. Ahí no hay discriminación y, por tanto, suele haber mayor presencia femenina. Sin embargo, la cosa cambia cuando se sube en el escalafón y aparece la cooptación, es decir, el nombramiento ‘a dedo’ o eso que llaman ‘libre designación’. Ahí las mujeres van desapareciendo, su presencia es menor en posiciones que comportan poder». Desde luego, si nos ceñimos a los altos cargos de la Administración, la proporción femenina nunca llega siquiera al tercio del total. Ronda el 24% entre los secretarios de Estado, el 28% entre los subsecretarios, el 27% entre los directores generales, y se queda en el 13% entre los embajadores. Algo similar ocurre en las jerarquías de los partidos políticos, que mantienen la costumbre de confiar las tareas de responsabilidad a los hombres. Llama la atención, por ejemplo, que las alcaldesas supongan solo el 17% de los regidores españoles.

«Laboralmente, donde más se ha notado la masiva presencia de mujeres ha sido en las ramas de la Sanidad, la Justicia y la comunicación, pero esa mayoría y su buena cualificación no se reflejan en las posiciones que ocupan, ya que en todas ellas son minoría en el ámbito de toma de decisiones», confirma Carmen Plaza, directora general del Instituto de la Mujer, que al menos sí aprecia cierto progreso en las reacciones a esta tendencia: «Parece que, a veces, se recurre al término ‘feminización’ en sentido peyorativo, como si de alguna manera se devaluara la profesión. Pero cada vez hay menos personas que lo ven como la ocupación por las mujeres de un espacio que no les corresponde, como una invasión. Quien piensa así no solo está fuera de la realidad, sino que ignora, deliberadamente o no, la enorme aportación que supone para la sociedad aprovechar todo el talento femenino».

45 minutos más de ocio

La preponderancia de las mujeres en las aulas no solo tiene reflejo en el mercado de trabajo, sino también en las familias. Una investigación de Marc Ajenjo y Joan García, del Centre d’Estudis Demogràfics catalán, constata un cambio importante ocurrido en la pasada década: por primera vez, las parejas en las que la mujer tiene un nivel educativo más alto superan en número a aquellas en las que ocurre lo contrario. Esta circunstancia tiene sus consecuencias domésticas, puesto que su trabajo remunerado se vuelve más valioso y «se incrementa su poder de negociación» a la hora de distribuir las tareas en el hogar. Los investigadores han analizado los cambios en el uso del tiempo de las parejas y han descubierto que la desigualdad se va reduciendo, pero no desaparece: ellos siguen disfrutando, como media, de 45 minutos diarios más para el ocio. Una vez más, los datos positivos enmascaran vicios enquistados en nuestra sociedad.

«Los resultados me hacen ser moderadamente optimista –explica Marc Ajenjo, que es profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona–. Actualmente, las parejas jóvenes, sin hijos, con un alto nivel de estudios y en las que ambos tienen un trabajo remunerado están muy cerca de la igualdad. Ahora bien, cuando esas mismas parejas tienen su primer hijo, el tiempo que las mujeres emplean en el trabajo no remunerado aumenta considerablemente, algo que no sucede en los hombres, y esa diferencia ya no se reduce al crecer los hijos». El estudio también ratifica una queja habitual entre las mujeres jóvenes, hartas de que sus compañeros compartan las tareas de forma selectiva: se involucran más en cocinar que en fregar, o se les ve mejor dispuestos para jugar con el niño que para darle de comer. «Comparten aquellas tareas que podríamos denominar como más ‘placenteras’ –resume Ajenjo–. Caricaturizando un poco, diríamos que mientras la mujer pone la lavadora y plancha la ropa, el hombre cambia la bombilla y pasea al perro. Y todavía es ella la que tiene el conjunto de la organización doméstica en la cabeza».

¿Llegará un momento en el que lo ocurrido en la Comunidad Valenciana se vuelva habitual y eso que llaman ‘discriminación positiva’ sirva para dar cancha a los hombres? Quizá, pero los expertos en igualdad hacen hincapié en que las intervenciones de este tipo no tenían una motivación meramente numérica, sino que buscaban contrarrestar una cultura excluyente: «Las acciones positivas tienen como objetivo eliminar las barreras y obstáculos que afectan a las mujeres, por la discriminación secular que han padecido –puntualiza Carmen Plaza–. Para que este tipo de medidas sean conformes a la legalidad, es preciso asegurarse de que existe, en efecto, un desequilibrio estructural en perjuicio de un sexo».

Fuente: Diario Vasco

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