Son líderes defensoras de los derechos de las mujeres y otros grupos discriminados en sus países. Han venido a Madrid desde Nicaragua, Colombia, Brasil, Perú y Ecuador para intercambiar sus progresos y, sobre todo, sus retos, en el marco de un encuentro organizado por Oxfam Intermón. Estas son sus historias. Así hacen avanzar América Latina hacia la equidad.
De abogada a impulsora de leyes
Juana Antonia Jiménez Martinez, de 46 años, prefiere que la llamen Juanita. "Mi abuela lo dispuso así", ríe. Es abogada y lleva más de dos décadas defendiendo a víctimas de violencia de género y de agresiones sexuales en Nicaragua, su país. A partir de su experiencia en los juzgados, se dio cuenta de que quería y debía participar en el proceso de elaboración de las leyes que reconocieran los derechos de las mujeres. Eso le llevó a fundar tres organizaciones feministas. Hoy es consultora de Naciones Unidas. "Antes violación era solo penetración y yo participé para que se ampliara y también para que se reconociera el delito de daños psicológicos -y no solo de lesiones- a las maltratadas. Para que las medidas cautelares de alejamiento que existían para otros delitos, también se aplicaran en los de violencia de género". Tales son algunos de sus logros. De las personas que ha defendido, recuerda a una joven de 13 años violada reiteradamente por su padre en 1996. Entonces, la justicia nicaragüense no aceptaba el testimonio de la víctima como prueba. "Fue muy duro demostrar su relato con otras pruebas. Además, aunque seas abogada, no puedes ser insensible. Así que eso llevó al Movimiento Autónomo de Mujeres al que pertenezco a pedir la validez probatoria de la víctima", dice. Se consiguió en 2003. Un objetivo más que tachar en la lista, aunque todavía quedan: "Las mujeres no nos merecemos ningún tipo de violencia".
Realidades diferentes, misma discriminación
De agricultora a líder de mujeres rurales
Una terrible sequía en 1986 llevó a a María Verônica de Santana (1968, Brasil) a implicarse con movimientos de campesinas. En la región en la que vive y tiene su tierra, en el noreste del país, la falta de agua empujó a la población del lugar a organizarse y reivindicar ayudas. "Afectó sobre todo a las mujeres, porque los hombres emigraron y fuimos nosotras las que nos quedamos cuidando de la casa y los hijos. Y la tierra", detalla. Afectadas por el mismo problema, Santana y otras de su región se unieron para pedir el reconocimiento de su trabajo en el campo como una profesión (y no como una de las labores domésticas). En 1988 lo consiguieron, pero no podían ejercer el derecho a la propiedad porque la mayoría carecía de un documento de identidad. Una nueva batalla. Así fue como el movimiento empezó a crecer y comenzaron otras luchas: para que les dieran documentación, para tener acceso a financiación, espacios de participación política... Han pasado casi 30 años de aquella sequía y esta mujer tiene tres hijos y sigue viviendo de lo que da la tierra. Pero ha evolucionado. Hoy, Santana es secretaria ejecutiva del Movimiento da Mulher Trabalhadora do Nordeste. Y tiene tarea, porque, según dice, la sociedad no ha cambiado tanto como ella.
La clase obrera no es una
"Me inspira la historia de superación de cada mujer"
Ana Patricia Martínez, de 42 años, recuerda que su madre le enseñó a ser una mujer autónoma. Estudió Psicología y realizó sus prácticas en 1997 ayudando a víctimas de abusos sexuales e intrafamiliares en la Fundación para la Promoción y el Desarrollo de las Mujeres y la Niñez (FUNDEMUNI) de Nicaragua. "Desde entonces, soy activista defensora de los derechos de las mujeres empoderándolas desde lo individual a lo colectivo", dice. Hace dos años comenzó a dirigir la organización en la que atienden entre 20 y 25 víctimas al mes. "Cada mujer a la que ayudo me inspira para seguir trabajando. Me hace ver que es posible salir adelante", explica. Su lucha no es solo para reparar las mentes rotas de mujeres violadas y agredidas, sino que cree que hay que combatir las causas profundas de esa violencia: "Un sistema patriarcal y machista".
La cocinera del barrio
Este 2014, a sus 53 años, ha sido elegida presidenta de la mayor organización de mujeres de Perú (Conamovidi), pero Relinda Sosa comenzó su 'activismo' social en una cocina. Literalmente. A los 13 emigró a la capital (Lima) y a los 14 empezó a trabajar de empleada doméstica y a estudiar la secundaria en la escuela nocturna. Su maternidad, a los 20, le hizo abandonar. Como trabajar y cuidar a la criatura a la vez se le hacía difícil, pero necesitaba ahorrar para pagar su casa en El Agustino -distrito marginal de la ciudad-, se unió a otras mujeres de su barrio con el mismo problema para cocinar de manera conjunta y abaratar los costes de la alimentación familiar. "Montamos el comedor en casa de otra mujer. Cada una ponía lo que podía, yo llevé dos ollas", recuerda. Eso fue en 1988. Pronto se dieron cuenta de que existían otros comedores autogestionados como el suyo para personas con carencias económicas. Hoy, son una extensa red de comedores populares y han impulsado leyes que obligan al Estado peruano a suministrar alimentos a las personas sin recursos.
Las mujeres solo servían para parir
Es drástica: "Tengo una educación cristiana, sé lo que es la represión, el rechazo al propio cuerpo y la sexualidad". Cada frase que sale por la boca de la nicaragüense María Teresa Blandón, de 52 años, suena como un bofeton. "Pero con la revolución en el país y el fin de la dictadura, cambié. Rompí con el sometimiento al orden familiar". Hoy coordina la organización La Corriente, desde la que defiende los derechos sexuales y reproductivos, la diversidad sexual y la erradicación de la violencia de género. "El aborto está totalmente penalizado, tenemos unos problemas enormes con los embarazos adolescentes -el 30% de las mujeres encinta son menores de 19 años- y la segunda tasa más alta de la región en mortalidad materna", lamenta como quien enumera una lista de tareas pendientes. Estos asuntos entraron en sus preocupaciones personales (y después laborales) cuando trabajaba en un sindicato agropecuario y daba charlas a campesinas sobre violencia de género y sexualidad. "Nunca nadie les había hablado del clítoris. No sabían lo que era. No conocían el placer. Solo satisfacer al marido y parir hijos". Por eso, reorientó la actividad de la organización hacia los más jóvenes. Para que no les faltese la formación y, por tanto, el poder sobre su cuerpo.
"La educación puede cambiar la realidad"
Mary Sol Avendaño, colombiana de 42 años, es profesora en la universidad pública Francisco José de Caldas de Bogotá. "Estoy completamente convencida de que la educación puede cambiar la realidad". Por eso, a sus alumnos (todos varones) de la asignatura de Análisis Social Colombiano en los estudios de Ingeniería en Electrónica, les habla de las desigualdades de género del país y cómo las mujeres son las que se llevan la peor parte. "Siempre hay alguno que dice que será porque se lo merecen", reconoce. Pero su mayor labor a favor de las mujeres y la infancia la realiza desde los 16 años en el Centro de Promoción y Cultura. "Entré a los 12 como usuaria, pero me fui involucrando y asumiendo responsabilidades", detalla. Una de sus máximas es que no quiere ser igual que un hombre. "Quiero que caminemos juntos en equidad".
Fuente: El País







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